Vida Contemplativa

ENTREGA TOTAL A LA ORACION, A LA MEDITACION Y A LA CONTEMPLACION DE LOS MISTERIOS DE DIOS

Quienes movidos por Dios abrazan la vida contemplativa dentro de nuestra familia religiosa1, consagrarán sus vidas a contemplar y a vivir el misterio del Verbo Encarnado2, especialmente en la máxima expresión de su anonadamiento que es la cruz. Invitados a retirarse en el desierto: Venid vosotros a un lugar desierto (Mc 6,31), lo dejarán todo por Él, tomarán su cruz y lo seguirán porque Él mismo ha dicho: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame (Mt 16,24).
“Movido por la fe en el misterio de la comunión de los santos, el monje imitará a Cristo orante, y se ofrecerá a Dios para que por él todos los miembros de la Iglesia crezcan en santidad, reparando por los pecados propios, los de los demás miembros del Instituto y de todo el mundo, pidiendo el perdón y la misericordia sobre todos3”.
Los monasterios deberán ser vanguardia de nuestro Instituto y guardianes de su espíritu, mostrando a todos la primacía del amor a Dios y el valor de las virtudes mortificativas del silencio, penitencia, obediencia, sacrificio y amor oblativo.
Oración, formación, silencio, celda, vida comunitaria son elementos esenciales de la vida de un monasterio.

MAESTRO DE ORACIÓN

El monje deberá ser no sólo un hombre de oración, sino también maestro de oración para aquellos que deseen crecer en este medio de unión con Dios y pidan lo que los discípulos le pidieron al Señor: enséñanos a orar (Lc 11, 1).
La vida contemplativa no se puede sostener sino con una profunda vida de oración litúrgica, por lo que los monjes se ejercitarán especialmente en ella, ya que: “sus oraciones -sobre todo la participación del Sacrificio de Cristo en la Eucaristía y la celebración del Oficio Divino- son la realización del oficio preclarísimo, propio de la Iglesia, en cuanto comunidad de orantes, es decir, la glorificación de Dios”4.
Cada monasterio tiene una intensión particular dada por el Instituto por la cual ofrecer principalmente sus oraciones.

EVANGELIZANDO LA CULTURA

Cristo dijo: Yo soy la verdad (Jn 14,6). Pero seguir a Cristo como Verdad significa aplicar la inteligencia para más conocerlo, lo cual tendrá que ser en el discípulo algo permanente, pues la riqueza que se encuentra en Cristo es inagotable. Este es el fundamento de la formación intelectual de los monjes.
Históricamente fueron los monasterios quienes salvaron para la Humanidad todo lo más importante de cuanto el espíritu humano había producido a través de los siglos; constituyéndose, además, en fuentes de cultura al enseñar dentro de sus muros las obras de los Padres, las de autores profanos griegos y latinos, la ciencia y las artes liberales como la pintura, música, etc. Así pues, en los monasterios se desarrollarán actividades culturales que contribuyan al fin propio del mismo -la unión con Dios-, y el fin del Instituto -la evangelización de la cultura-5.
Por eso, en orden a nuestro fin específico, se aplicarán de un modo serio al estudio, ya que la evangelización de la cultura “exige una fe esclarecida por la reflexión continua… y un discernimiento espiritual constante procurado en la oración”6. Recuerden a todos y señalen con su modo de vida la importancia de todo tiempo de formación, es decir, la especial necesidad de la contemplación y del estudio para la evangelización de la cultura.

HÁBITO

Como signo de su apartamiento del mundo y de su consagración a Dios en la vida contemplativa, los monjes vestirán un hábito sencillo y modesto, a la vez que decente y pobre7. Será blanco8 y estará compuesto de un sayal con capucha, un cinturón de cuero y un escapulario que, a la altura del pecho, llevará bordado el escudo de nuestro Instituto.

TRABAJO

Cristo al asumir todo lo humano quiso someterse a esta ley del trabajo. La obra de la salvación se ha realizado por el sufrimiento y la muerte en la cruz, de modo que el trabajo adquiere por esto una nueva significación, un nuevo sentido. “Con Cristo se nos revela que, soportando la fatiga del trabajo en unión con Él, crucificado por nosotros, el hombre colabora en cierto modo con el Hijo de Dios en la Redención de la Humanidad”9. Ese “rudo combate diario, humildemente aceptado, se convierte en redentor, a imitación del trabajo de Jesús en Nazaret. Bajo esta luz, el escándalo del sufrimiento del trabajo se transforma en acto de ofrenda”10.
El religioso que se propone imitar a Cristo deberá, por tanto, dedicar al trabajo una parte importante de su vida; dará así testimonio frente al mundo de su seguimiento total del Salvador. El trabajo, pues, ha de ser verdadero medio de contemplación.

MONASTERIOS EN TIERRAS DE MISIÓN

“La vida contemplativa pertenece a la plenitud de presencia de la Iglesia… (y) por ello es necesario establecerla en todas las Iglesias nuevas”11, dando “preclaro testimonio entre los no cristianos de la majestad y de la caridad de Dios, así como de unión en Cristo”12. Por tanto, “…los monjes… no han de ser considerados como ajenos al mundo y a la Iglesia, por el hecho de estar separados de los demás hombres; por el contrario, están presentes allí, “de una manera más profunda en las entrañas de Cristo” ya que todos somos una cosa en Cristo (cf. 1 Cor 10,17; Jn 17,20-22)”13.
pray

1  Regla de vida contemplativa, N 5, 7, 8, 48, 50, 67, 134, 137, 171, 174, 179.

2  “La vida contemplativa implica una permanente dedicación a Dios y a la consideración y amor de su misterio y de su plan de salvación sobre todos los hombres…” Dir. Esp., [220].

3  Los monjes contemplativos “ofrecen, en efecto, a Dios un eximio sacrificio de alabanzas, ilustran al pueblo de Dios con ubérrimos frutos de santidad, lo mueven con su ejemplo y lo dilatan con misteriosa fecundidad apostólica” (Perfectae Caritatis, 7).

4  Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades, de Vida Apostólica, Instrucción sobre la vida contemplativa y la clausura de las monjas Venite Seorsum, nº 3, 15/8/1969.; cf. GS, 76.

5  Cf. Pastores Dabo Vobis “Apostolado específico”.

6  Dir. Esp., [51].

7  Cf. Perfectae Caritatis, 17; Cf. CIC, 669 § 1.

8  El color blanco pretende simbolizar la Transfiguración (acorde con nuestro fin específico), las vestiduras blancas por la sangre del Cordero y las tres “cosas blancas” que caracterizan a la Iglesia Católica: la Eucaristía, la Santísima Virgen María y el Santo Padre.

9  Juan Pablo II: Laborem Exercens, 27.

10  Pablo VI, Semanas sociales, 25-6-64, en Colección de Encíclicas, ACE., Tomo II, Madrid (l967) p. 3143.

11  Ad Gentes divinitus, 18.

12  Ad Gentes divinitus, 40.

13  Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades, de Vida Apostólica, Instrucción sobre la vida contemplativa y la clausura de las monjas Venite Seorsum, nº 3, 15/8/1969.

2 Saint Louis-Marie Grignion De Monfort, TD, 70-72.

3 Cf. Gal 3:27.

4 Saint Bonaventure, Speculum Beata Mariae Virginis, 3, 5.

5 Quoted by André Frossard, Be Not Afraid!, New York 1984.

6 Saint Louis-Marie Grignon De Monfort, TD 121-125.

7 Saint Louis-Marie Grignon De Monfort, TD 47.

8 Saint Ignatius Of Loyola, Spiritual Exercises, 46

9 Cf. Lk 1:49.

10 Lumen Gentium, N 65.

11 Saint Louis-Marie Grignon De Monfort, TD 265..

2 Tratado de la Verdadera devoción a María Santísima de San Luis María, NN 70, 72.

3 Cf. Gal 3,27.

4 Speculum Beatae Mariae Virginis, lect. III, N 5.

5 Citado por André Frossard en No tengáis miedo, Ed. Plaza y Janes, Barcelona 1982, p. 131-132.

6 Cf. Tratado de la Verdadera devoción a María Santísima de San Luis María, NN 121-125.

7 Ibidem, N 47.

8 Cf. Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola, N 46.

9 Cf. Lc 1,49.

10 Lumen Gentium, N 65.

11 Tratado de la Verdadera devoción a María Santísima de San Luis María, N 265.

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